Santiago de Cuba, 28 de Junio de 2017
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Entrevista a Lorenzo

ENTREVISTAS

Entrevista a Lorenzo

Cuéntame de tu trabajo para niños. Has sido premiado tanto en cuento para adultos como en literatura infantil-juvenil. ¿Te resulta difícil moverte de un género al otro?

El tránsito siempre resultará difícil porque los códigos cambian. En el cuento para adultos se puede innovar un poco y explorar nuevas formas de plantear la historia; en la literatura infantil-juvenil, en cambio, es preciso respetar leyes muy antiguas. No basta con depurar el lenguaje o simplificar las situaciones, sino que es necesario cumplir con determinadas reglas, y eso es lo que convierte a la LIJ en un género en extremo difícil. Digamos que el cuento para adultos puede ser tratado con cierta ligereza, en tanto que la literatura para niños no permite ese tipo de libertades, de ahí que el tránsito de uno a otro sea un poco complicado. Tú sabes, te acomodas a ciertas maneras de hacer dentro de un género y eso te molesta a la hora de enfrentar el trabajo en el otro. Por lo demás, en ambos casos se exige determinada dosis de fabulación, y ya eso es una ventaja: eso los une. Yo me valgo de esa aseveración. Quizá para mí sea más fácil (relativamente fácil) acudir a estos extremos porque construyo los cuentos de la manera más común y más antigua. Aun cuando se tratara de un cuento muy moderno, con lenguaje soez o sucio, con situaciones cotidianas o rutinarias, lo que hago es construir determinado mundo y hacerlo funcionar bajo leyes propias. Siempre digo que Rulfo me ha dado algunas claves importantes: el mejicano construye mundos muy cercanos a una realidad específica, pero dota sus cuentos de una poética que sólo puede surgir de la fabulación más espontánea. Creo que eso responde una parte de tu pregunta, la cuestión del tránsito y demás. Ahora te hablo de mi trabajo para niños.
Alguien me preguntó hace poco si me iba a dedicar fundamentalmente a la LIJ. Lo hacía a raíz del Premio Oriente y teniendo en cuenta que ya había publicado Sarubí, el preferido de la luna. En ese momento respondí lo mismo que te digo ahora: yo dedico el 90% del tiempo a escribir cuentos para adultos (y novelas, sólo que las novelas todavía no han tenido su oportunidad). Pero siempre tengo alguna idea dándome vueltas en la cabeza en relación con la LIJ. El problema es que tengo todavía muy frescas mis primeras lecturas. No puedo desprenderme de esos libros y esos cuentos que leí cuando tenía 8 ó 9 años. Yo crecí con una espada de bronce en la mano, un escudo de varias pieles de buey en el antebrazo y un yelmo en la cabeza. Bien, a veces no era un yelmo sino un sombrero de tres picos, y la espada no era tan pesada como la de bronce sino ligera y flexible como sólo podía ser una hoja del más limpio acero de Toledo, y el escudo no era de piel de buey sino de chapas superpuestas de hierro. Como ves, mi universo más inmediato no era el campo ni el río Mayarí ni las lomas que se veían (y se ven todavía) desde mi casa, sino ese otro mundo tan cercano y tangible que se llamaba Muros de Troya, o Llanuras de Sussex, o Bosques de Borneo, o Aguas turbulentas del Caribe. Me han matado cientos de veces en batalla; he resucitado con el beso de una geisha de los Bosques Negros. Recuerdo que en plena conjunción de mundos (tendría 9 ó 10 años) me cayó en la mano el libro del Cid. Te juro que asesiné moros en masa en los desfiladeros de la Alhambra. Sir Walter Scott es el autor intelectual de algunos de mis proyectos. A cierto escritor amigo mío lo recogieron las hadas en los jardines de Kensington; yo no fui recogido por nadie, pero creo haber nacido en la Edad Media, en algún lugar cercano a la catedral de Edimburgo, o cerca del muro de piedras que los romanos construyeron en Inglaterra para protegerse de los guerrilleros escoceses. Como ves, tengo deudas demasiado grandes con el niño que fui. Deudas impagables, seguro. No habría forma de apartar los ojos de todo ese mundo que llevo por dentro, por eso escribo fantasía heroica. No sé, hay algo entre el héroe y yo. Una relación ancestral. Una envidia, sí. Por qué no: una envidia por todo eso que los héroes hacen. Te aseguro que los llevo conmigo. Yo, que hablo muy poco y bebo bastante, llevo siempre a mis héroes conmigo. A una persona como yo tiene que resultarle relativamente fácil escribir un texto donde se exalte el valor y donde se narren cosas para niños. Pero, te repito: sólo dedico el 10% del tiempo a escribir esas cosas. Yo sé que los niños merecen más, sólo que la literatura para adultos me absorbe demasiado. Por lo demás, creo que voy cumpliendo algo así como un plan único, algo que me propuse hace seis años, un camino trazado a ciegas que debe llevarme (confío en que será así) a escribir al menos cinco novelas grandes para niños y jóvenes. Ya he escrito dos y estoy trabajando en la tercera.

El Premio Oriente es una saga de Sarubí. Al jurado le pareció que es un libro lleno de aventuras que tiene que ver con el mundo de las leyendas campesinas cubanas. ¿Puedes adentrarnos un poco más?

La novela que fue premiada en el Oriente tiene que ver con Sarubí, el preferido de la luna, pero no es una saga. Es simplemente la continuación de esa primera parte. Insisto en eso porque no creo que sea lo mismo. Para mí, una saga es algo que se desprende por su propio peso, porque el tema merece seguir siendo explotado, o porque simplemente el autor (o los autores) pensó que podía seguir sumando eventos al desarrollo de un conflicto que ya estaba resuelto y eso no le restaba mérito alguno. En este caso, se trata de una novela grande en cuatro partes: el conflicto planteado en la primera sólo se resuelve en la última. Lo que pasa es que hay subtramas que añaden interés a cada parte y la hacen funcionar como una novela aislada. Creo que mejor te lo ilustro con una explicación más concreta y de paso te hablo sobre el tema de las leyendas campesinas. Todo el entramado de la novela radica en un conflicto único: unos seres muy malvados (los rafos saltadores) idean un plan para robarse la luna; los héroes (los güijes alborotadores de las charcas de Asún y los guáramos tristes de los bosques de cedro) deben evitar eso. Para hacerlo tendrán que sortear infinidad de peligros y trampas. Al conflicto central se van uniendo nuevos problemas que permiten hilvanar historias muy diferenciadas. Pero, repito, sólo al final de la cuarta parte quedará resuelto el asunto del robo de la luna y el plan macabro de los rafos saltadores.
      La novela premiada en el Oriente se llama Las aventuras de Suné y Rudel. En ella se narra el viaje de estos dos güijes (son los güijes guardianes de la charca) a las llanuras donde vuelan las auras con el fin de contactarlas y hacerles saber lo que el Rey Sarubí ha decidido en su reunión secreta con los güijes mayores. Por supuesto, tendrán que enfrentar toda clase de peligros (claro, ellos llevan consigo una provisión abundante de la misteriosa hierba serejé, que ayuda a resolver cualquier problema y responder cualquier pregunta). Esa es, en esencia, la trama de la novela. La tercera parte tiene nuevos protagonistas y nuevos escenarios: Capul y Aruní, los güijes menores, viajan a la costa. Y la cuarta parte ocurre en una zona de humedales y tiene por protagonistas a Quelot y Alupí, los más viejos entre los güijes, los más experimentados y conocedores. Todas estas novelas se integran en una sola obra muy voluminosa que se llama Viaje a la orilla de un cuento. Quizá algún día (quizá, ya sabes; uno de esos tiempos ambiguos que no llegan nunca) logre publicarla completa. Ya veremos entonces si se trata de una saga o de otra cosa.
      Hay algo que necesito aclarar: no se trata de leyendas campesinas cubanas. Ni siquiera se trata de una leyenda, y mucho menos tiene que ver con los campesinos. Esto lo aclaro por una razón muy simple: una vez que mencionas la palabra güije enseguida se piensa en las leyendas tradicionales del campo cubano en relación con estos seres fantásticos. Pero los güijes de mi novela no tienen nada que los acerque a esa tradición. Están concebidos como héroes. Se mueven en un mundo donde el hombre es el enemigo. Alguien me dijo: me he leído Sarubí, el preferido de la luna y ahora odio al hombre. Veremos lo que esa persona me dice cuando lea El último viaje, que es la parte final de la novela. Y ahí me ha pasado algo interesante: he descubierto el hilo de otra novela que tiene como protagonistas a los guáramos. No se trata, sin embargo, de repetir lo que ya he dicho. Se trata, sobre todo, de buscar una solución a un conflicto que se evidencia un poco en Viaje a la orilla de un cuento: el conflicto de los guáramos tristes. Pienso titular eso Cantar de los bosques de cedro, o algo similar. En esencia, sería una obra extensa también, con variedad de personajes y situaciones, donde los güijes son secundarios.
     Yo creo que el güije ha sido muy mal tratado (y maltratado) en la literatura cubana. No hablo aquí de las leyendas campesinas porque no es ese el tema. Hablo del tratamiento al único ser mitológico genuinamente cubano en la literatura y otros medios. Por ejemplo, el güije de El camino de los juglares es un güije de Centrohabana: no tiene nada que ver con la fabulación original. Yo no he hecho otra cosa que dar a estos seres cierta dignidad, cierta estirpe. Los he puesto a interactuar con otros seres inventados por mí. Les he creado un espacio donde pueden tomar sus propias decisiones y luchar por el futuro.

Has sido multipremiado en los últimos dos años dentro del panorama narrativo cubano. ¿Sientes seguridad o temor para acometer nuevos proyectos?

Algún temor siempre habrá. Yo soy una persona bastante inestable y me desembullo muy fácil de cualquier cosa. Ahora mismo estoy considerando seriamente recuperar mi trabajo de ingeniero. Creo que necesito regresar. Quizá sea ese mi mayor temor. Ya sabes, el tiempo no me alcanzaría para escribir. Pero, por otra parte, todavía siento la necesidad de contar cosas. De hecho, tengo varios libros abiertos. Son libros que ya han avanzado bastante. Sería doloroso dejar eso inconcluso. Por el momento me propongo terminar una novela para adultos (voluminosa y exigente, con una variedad de personajes que me espanta), una novela para niños y jóvenes (voluminosa también, una historia que ocurre en Europa Central) y dos libros de cuentos. Todo eso debe terminarse antes del verano siguiente: me queda un año. Lo peor de todo (lo plus descojonantum) es que no se trata de proyectos, sino de libros que ya pasan de las cien páginas. Como ves, sería lamentable abandonar todo eso ahora. En cuanto a eso de multipremiado, te confieso que la palabra no me gusta. Yo participo en los concursos porque esa es la única vía que tengo para publicar mis cosas. Desde el lugar donde vivo es prácticamente imposible penetrar el mundo editorial. Vivo en el campo, como sabes, y me resulta extremadamente costosa la comunicación o la asistencia a determinado evento. Además, no tengo teléfono. Casi todos mis contactos con el mundo literario dependen de un viaje larguísimo y tedioso a Holguín o a Santiago. En estos años he cerrado los ojos a las dificultades y he hecho lo imposible, pero ya las fuerzas no son las mismas. Los concursos resultan en una buena opción para colocar lo mío aunque tenga que pagar esa altísima cuota de nervios y estrés. Digamos que he tenido suerte, y digamos que las cosas me han salido bien, pero… no se puede estar siempre cazando un premio. Llegará el momento en que ya no podré resistir más la presión de un concurso y entonces, Ad majorem Dei gloriam, me pondré un casco y volveré a la industria. Claro, no dejo de reconocer y valorar los premios. El Cortázar, por ejemplo, me dio una satisfacción increíble: de pronto un Premio Cortázar para alguien que vive en el campo de Oriente, lejos de cualquier centro urbano, lejos de cualquier voz o cualquier sonido. Fue algo así como legitimarse a los ojos de Dios, como decir que todo ese esfuerzo sobrehumano (te garantizo que ha sido así) valió la pena. Después vino el Premio UNEAC, y ahora el Oriente. Nada, que mejor no podía ser. Ya veremos si logro sostenerme un poco más. Tengo varios libros terminados y pienso concursar un par de veces este año. No me queda otro remedio que concursar. Por ahí anda el futuro.

por Yunier Riquenes García
Editorial ORIENTE

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2014