Santiago de Cuba, 28 de Junio de 2017
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Niño leyendo

Hace muchos años una joven viajera

RESEÑAS

Hace muchos años una joven viajera

Hace muchos años…, cuando la adolescencia, como un resplandor inevitable se cernía sobre mi cabeza, llegó a mis manos en forma de regalo paternal, un libro de cubierta verde y perceptible olor a nuevo. No importa la época de mi vida, ni cuantas cosas anhele tener, un libro siempre es un presente que me hace feliz, en eso, no escapo del eslogan martiano. Así, como un obsequio de mi más tierna juventud, recibí a Renée Méndez Capote, la entrañable cubanita que nació con el siglo. Con aquel libro de memorias, uno de los primeros que me leí sobre las décadas iniciales del siglo XX cubano, me di cuenta de cuanta pasión podemos desbordar en un recuerdo, y me percaté de que yo, como la protagonista de aquellas historias, adoraba recordar, pese a que mis vivencias por aquellos años (y debo agregar, todavía en estos) no eran tantas como las de la experimentada escritora que sin dudas era (es) la Capote. Aquel primer libro, como un amuleto, pasó de mano en mano, de las mías, a las de mi madre, y de ahí a las de mis amigas. Mucho menos lectoras, pero con el apasionamiento propio de la edad que todas compartíamos, disfrutamos aquel texto sinestésico, en el que los olores, los sabores y hasta los pregones de aquellos primeros tiempos de la Cuba republicana eran el deleite de unas y, para otras, sólo un motivo para aliviar el tedio de las horas de clases, de colas, o de sofocante calor bajo el secador de la peluquería del barrio. Renée se revelaba ante nosotras, ya para entonces, como una de esas escritoras de verdad, de las que escriben bien, y junto a las que, sin embargo, es imposible un minuto de aburrimiento. No obstante, lo realmente asombroso no era eso, sino que alguien lograra el prodigio de mantenernos a todas en vilo, contándonos lo que, de primera instancia, no era más que su propia vida, una vida sin dudas sumamente interesante, llena de personajes salidos de la  realidad, y que a pesar de eso parecían hechos de la materia inasible de la fantasía, una vida pletórica de anécdotas que vendrían a formar parte del último vestigio de nuestra infancia, una vida, en fin, llena de historia, no era otra la palabra, Renée Méndez Capote se ganaba nuestra atención, retratándose a sí misma.
No volvió a llegar a mis manos ningún otro texto de esta mujer, que ya formaba parte de mí como una abuela tierna, y aquel Memorias de una cubanita que nació con el siglo, entró de manera permanente en  la antología de lecturas de mi nunca olvidada secundaria básica. Pero la Memoria, como una diosa justiciera que no da paso a lo perecedero, me latía con cada recuerdo de aquellas páginas y fue esa la sensación que me invadió el día en que, ya pasada mi adolescencia, al menos rigurosamente hablando, me volví a encontrar con la cubanita, que, sin dejar de serlo, se había convertido esta vez en una joven viajera.
Ya desde la cubierta de esta nueva entrega de la Editorial Oriente, se nos asoma el horizonte, tan lejano como ansiado, y los viajes de los que todos somos partícipes nos son anunciados por la Dra. Olga García Yero en sus palabras del prólogo como la continuidad de un tipo de texto que estuvo presente en esta Isla desde muy temprano, desde Aurelia Castillo, hasta la Condesa de Merlín, pasando, -¿cómo no?- por nuestra Peregrina Avellaneda. Y no es de extrañar que sean femeninos los nombres de las más famosas escritoras cubanas de literatura de viajes, pues la naturaleza femenina no escapa a la aventura de lo desconocido, condición con la que se engalana la colección Mariposa, con precioso diseño de Marta Mosquera y Sergio Rodríguez y cuidadísima edición de Orestes Solís Yero.
Así, Estados Unidos de Norteamérica en 1906 se nos presenta como un sitio grande sin dudas, donde primero se está bocarriba, y luego, por la fuerza de la costumbre, llegamos a estar de pié. La familia, siempre presente en la obra de esta escritora nos denota, con su llanto, el frío del abandono, lo amargo de estar lejos del país donde están nuestras costumbres, nuestras más grandes riquezas.
Luego, la España de 1928, con su guardia civil, sus uniformes de opereta y sus sombreros de reluciente charol, nuestra España colonizadora, ahora colonizada por la riqueza de los indianos venidos de América. Y, de personajes protagónicos los gallegos, firmes y marineros, en los que la más corpulenta de las cubanas encontrará refugio, no muy seguro.
Y, de España, como en un sueño, a París, Francia, la capital de siempre, la típica, la de la ilusión. La ilusión rota, de primera instancia, por un toro que se suelta y aterroriza a toda una estación de ferrocarril.
Después, la Suiza veraniega, no por veraniega menos silenciosa, austera y bucólica. Un país donde el paisaje se matiza con bellos hoteles de madera, bosques tupidos y senderos de montaña donde el viajero del caribe se pierde, irremediablemente.
Y así, como en un desfile, pasamos por la Bélgica pequeña y a la vez expansionista; la Holanda deportiva de las olimpiadas, Austria, de violines y valses; Alemania, espléndida y comercial; Hungría de calles empinadas y llanas; el México de mitad de siglo, soberbiamente imponente; la Unión Soviética del año 1965 llena de fuerza y confianza en sí misma y, en una pincelada, nuestra Cuba agreste y primitiva, pero no por eso menos bella y menos nuestra.
Cada observación, cada descripción, cada relato de Renée Méndez Capote, está plagado, en primer lugar, de su agudeza, que no pierde nada de vista y que nos sorprende a cada instante con detallados análisis que el más distraído de los lectores podría seguir sin perderse, condición de buena escritora, sin lugar a dudas, segundo, de un profundo amor filial, pues es la familia, tanto aquella de la que proviene, como la que formó, así como la inmensa familia de amigos a los que conoció, la protagonista indiscutible de estas páginas, tercero, y para suerte nuestra, de un finísimo sentido del humor que nos hará volver una y otra vez a ella para percatarnos de que aquella cubanita, que nos hace volver a nacer con cada remembranza del pasado siglo, puede también convertirnos en jóvenes viajeros.

Roxana Mena Fonseca
Mariposa
Testimonio
2013
232
15
Este libro es el testimonio de una cubana excepcional, de lo que vivió en sus viajes por Estados Unidos, España, Francia, Suiza, Holanda, Bélgica, Austria, Alemania, Hungría, México y la Unión Soviética. En los sucesivos relatos, el lector participa y disfruta de las aventuras que se suceden, así como de sus finas observaciones sobre el ambiente político del momento y la idiosincrasia de cada cultura. El conjunto nos retrata a esta mujer llena de amor por los oprimidos y con un muy criollo sentido del humor.

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2014